
Ni los versos más tristes podrían describir mi tristeza. Ni las lágrimas más ácidas podrían igualarse a mis penas. Ni la más cruel de las cárceles podría hacer justicia y torturarme por borrar tu sonrisa como merezco. Ni un millón de perdones podría servirnos. Porque he derramado tu sangre y juré que nunca heriría tu corazón, porque en cada tic tac del reloj siento un nuevo moratón, porque mi conciencia no está intranquila si no avergonzada, porque todo aquello que he hecho durante tanto tiempo por construir nuestro amor lo he tumbado de una patada, porque ahora mismo merezco la más dura de las muertes y ni si quiera la congoja que siento me permite llevarla a cabo. Si tan sólo pudiera devolverte la mirada alegre, borrarte la sangre hiriente que te ha oxidado las venas, abrazarte y hacerte pensar que de verdad nunca podría fallarte, besarte y que no sintieras repugnancia... Si tan sólo pudiese regalarte un atisbo de confianza, de felicidad. Si con una mirada bastara para que tus dedos quisiesen realmente volver a tocarme. Si pudiese encender de nuevo tu corazón, como si de pulsar un simple botón se tratara. Si únicamente el tiempo me diese un respiro y pudiese retroceder...


